Prólogo
Ciudad de Córdoba, 8 de julio del 2017
Cuando
recibí la llamada de mi amiga Marcela, citándome, no pensé que encontraría la
punta del ovillo para cerrar la historia que venía dando vueltas en mi cabeza
desde hacía meses.
La
casona que ella había comprado, diez años atrás con fines comerciales, se
estaba viniendo abajo al igual que el emprendimiento inmobiliario que quería
realizar en ese predio.
“No
puede demoler nada, esa construcción está considerada patrimonio municipal”, le
informaron cuando presentó los planos del complejo a construir en el sitio.
La
decepción le jugó una mala pasada, dejando que la propiedad cayera en el
abandono como si ella tuviera la culpa de no poder ser derrumbada.
―Maldita
la hora que metí mis ahorros en este vejestorio ―insultó entre dientes, cómo
cada vez que le llegaba una intimación para limpiar lo que alguna vez fue un
hermoso parque, cubierto ahora de yuyos que crecían como si se los fertilizara.
―Patrimonio
¡las pelotas! ―refunfuñó botando a la basura la última multa que el inspector
había dejado en el destartalado portón de ingreso―, que lo mantengan ellos al
jardín si tanto les interesan las antigüedades.
―
¿Por qué no la vendes? ―le sugerí como si a ella no se le hubiera pasado nunca
por la cabeza.
―¿Me
estás jodiendo, no? ―respondió fulminándome con la mirada, de pie, frente a la
puerta principal―. Llevo años sosteniendo esto. Cuando parece que ya puedo
colgar el bendito cartel para ofrecerla, algo pasa poniéndome un nuevo palo en
la rueda. O es el fisco que me inhibe todo por deudas de la puta empresa
embargando mis bienes, incluido éste, o el eterno juicio de mi divorcio que no
termina más, o las demandas laborales que me llueven desde que presentamos la
quiebra o…
La
observo mientras continúa vomitando causas que parecen inventadas solo para
hacerle la vida imposible.
―
Algún día podrás dar vuelta la página, amiga, y el viento comenzará a soplar a
tu favor, ya lo verás ―le digo intentando levantarle el ánimo, poniendo
entusiasmo y esperanza en mi intención.
―Por
eso te llamé ―expresa de repente cambiando su fisonomía por una más
descontracturada.
―Hoy
viene un interesado a ver la casa.
―¡¡Excelente!!
―exclamo, mirando hacia el cielo, agradeciendo el milagro que terminará con su
calvario.
“Aunque…,
todo bien, pero ¿para eso me hizo venir? Me lo hubiera dicho por teléfono”
reflexiono en voz alta, ingresando al salón central después de ella.
―
¡Obvio que no es por eso! Bueno, en parte sí ―dice al escucharme.
―Ay
Marce, ¿podrías ser un poquito más clara?
―Necesito
que te muestres desesperada por quedarte vos con este mamotreto.
―
¿Qué? ―pregunto intentando entender su jugada.
―
Que finjas ser una compradora, nena. No es tan difícil ―aclara quitando con
fastidio la tela de araña que se le enmarañó en el cabello
―¿Para
qué tanto lío? ―se me ocurre preguntar―. Perdón, perdón… está bien. Soy una
desquiciada que muere por invertir en esta ruina ―digo respondiendo mi propio
cuestionamiento, al ver como pone los ojos en blanco.
Cuarenta
y cinco minutos después, luego de hacer una actuación digna de un Óscar, mi
hábil amiga se encuentra cerrando, prácticamente, la operación del año con su
apuesto comprador. Yo, mientras tanto, aprovecho para recorrer cada una de las
habitaciones o lo que queda de ellas.
Me
provoca mucha tristeza ver lo que el abandono ha hecho con lo que debe haber
sido una hermosa casona de principios del 1900. Hasta podría jurar que era
parte de las muchas propiedades que la empresa concesionaria de Ferrocarriles
Argentinos, tenía para alojar sus directivos e ingenieros ingleses. Tomo nota
mental para averiguar si estoy en lo cierto y así satisfacer mi curiosidad.
Voy
pasando por los cuartos imaginando las historias que pueden haberse
desarrollado entre estas paredes. Al llegar al último, abro la puerta y noto
que es uno de los más luminosos y grandes de la casa. De pie bajo el umbral, mi
vista va, directamente, hacia lo que parece ser un placard empotrado en una de
las paredes laterales, con sus puertas abiertas de par en par. Camino hacia él
atraída de manera magnética por las únicas prendas que se encuentran en su
interior, hechas un bollo, sobre uno de los estantes y, sin titubear, las tomo.
Marcela
continúa en la galería resaltándole las ventajas de adquirir la propiedad al
bombón que, a esta altura, parece más interesado en mi amiga que por la casa. Salgo
del interior exhibiendo en mis brazos extendidos las valiosas prendas que
encontré.
―
¡Nena, esto es una reliquia digna de un museo! ―le informo casi en tono de
reprimenda, levantando aún más alto el tesoro del hablo.
―
¿Qué es eso? ¿De dónde lo sacaste? ―me interroga avanzando hacia mí― ¡Nunca lo
había visto!
―
¡No me jodas! Estaba a la vista de cualquiera que entrara en el último de los
cuartos.
Ella
toma intrigada lo que pongo frente a sus ojos, observando, pero sin detenerse demasiado,
en lo que, para mí, es un hallazgo increíble.
―¡Quédatelo!
―dice al fin―Lleva diez años en ese lugar y yo ni enterada. Obviamente esto te
estaba esperando a vos―deduce devolviéndome lo que acepto en silencio…
inmovilizada por la catarata de sensaciones que, en ese momento y como por arte
de magia, abre en mi cabeza un sinfín de interrogantes a los que yo deberé
encontrarle las respuestas.
Para
mi amiga es asunto terminado. El cliente nos mira a ambas tratando de entender
en qué momento se generó una relación entre nosotras, cuando, según mi
representación, recién nos conocíamos.
Ella, sin más, retoma la negociación restándole importancia a lo que
acaba de suceder.
Yo,
anonadada por lo que estoy viviendo, bajo los escalones y camino unos pasos
quedando en medio del jardín. Una fuerza interna hace que gire sobre mí. Miro
hacia la parte alta de la construcción y leo un nombre tallado en la
mampostería.
―
¡Liliam! ―digo en voz alta.
Marcela
y el morocho me observan con gesto de interrogación en sus rostros.
―
Liliam ―repito con firmeza―, la dueña de este vestido era ella… “Liliam”.

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